Se extrañaba el básquetbol profesional en la cancha. Y mucho más, con un marco como el que este viernes lució el Polideportivo “Islas Malvinas”, para el segundo superclásico amistoso entre Peñarol y Quilmes, por la Copa “Juan Pablo Sánchez”, que se adjudicó el conjunto de Luro y Guido, luego de su triunfo por 72 a 58.

Fiesta afuera y también adentro. Con masiva concentración de simpatizantes de uno y otro antes de entrar, con despliegue de pirotecnia y cánticos de apoyo en una previa formidable.

El primer tiempo marcó un claro escenario de un cuarto para cada uno. Quilmes fue mejor en el primero y Peñarol estableció diferencias en el segundo.

Ambos arrancaron agresivos en la primera línea defensiva, con esperables imprecisiones en ataque dada la obvia falta de juego entre el final de una temporada y el inicio de la siguiente.

Quilmes sacó la primera ventaja con el tiro abierto, una vía imprescindible de gol ya que Peñarol protegió bien su zona interior, amparado en su mayor talla. El “tricolor” sólo pudo encontrar un terreno accesible cuando logró ganar en velocidad. Por contrapartida, el “milrayitas” acertó poco desde afuera y como le costó abastecer a sus internos, anotar no resultó tarea fácil. Pudo corregirlo sobre el final del parcial, cuando defendió mejor y pudo correr.

Los de Mariano Rodríguez salieron más decididos a meter presión sobre el balón. Y entonces, los de Garay y Santiago del Estero impusieron su ley. Con Luis Cequeira maniatado y errático, Quilmes fue perdiendo circulación, se equivocó más de la cuenta y, paulatinamente, Peñarol se adueñó del desarrollo. Entre el final del cuarto inicial y los 6m30s del segundo, estampó un parcial de 16-0 para situarse en una confortable delantera de 29-19. Tomás Monacchi lo contuvo a Emilio Giiménez, a Quilmes se le cerró el aro para el tiro lejano y, del otro lado, Peñarol encontró los tiros que no había tenido en el segmento anterior, a un rendidor Octavio Sarmiento y un prometedor debut de Julián Ruiz.

El cuarto tuvo, también, la salida por una sobrecarga muscular de Francisco Filippa, y un pronunciado bache de ambos, en el cual el trámite se tornó súper desprolijo, jugado con más corazón y ganas que cabeza y buenas decisiones.

Quilmes exhibió carácter para salir de su encrucijada. Cequeira recuperó su nivel, Agustín Ecker se desdobló adelante y atrás y Giménez aportó su poder ofensivo. Pudo cortarle el circuito a su oponente y volvió a ser el mejor de los dos en un tercer cuarto más hablado, friccionado y hasta con algún chisporroteo que no pasó de eso. Crecido en su confianza, el conjunto de Luis Fernández tuvo argumentos y entró al frente por la mínima al cuarto decisivo, resultado que planteaba un escenario de suspenso hasta el epílogo.

Aquel desconocido segundo cuarto de Cequeira actuó como combustible, y el base fue el destacado de un sprint final incontenible de Quilmes, que sumó a Lisandro Fernández al circuito ofensivo y, conectados, proporcionaron los mejores momentos del “tricolor” en la noche. Porque también funcionó la defensa, ante un Peñarol que se quedó sin ideas, se frustró con algunos fallos arbitrales y no logró reaccionar, reiterándole en tiros exteriores sin puntería.

La máxima se fue ampliando y Quilmes se dirigió a la victoria sin mayores complicaciones. El ensayo, lógicamente, no servirá para sacar conclusiones definitivas ni mucho menos de cara al importante futuro inmediato. Pero quién le quita a la gente de Luro y Guido el derecho a ilusionarse. Y a festejar algo que hacía mucho tiempo que no sucedía.