Braian Toledo murió el 26 de febrero de 2020, a los 26 años, en un accidente de moto. Era el mejor lanzador de jabalina que había tenido la Argentina y todavía tenía por delante los años en que un lanzador suele rendir más. Seis años después, la pregunta sigue abierta: qué pasó con la prueba desde entonces.
La respuesta corta es que la jabalina argentina quedó partida en dos. Arriba, en mayores, hay un vacío que se mide en metros. Abajo, en las categorías formativas, está ocurriendo algo que merece más atención de la que recibe.
Lo que Toledo dejó escrito
Nacido en Marcos Paz el 8 de septiembre de 1993, Toledo empezó a marcar la prueba desde muy chico. El 6 de marzo de 2010, en Mar del Plata, lanzó 89.34 metros con el implemento juvenil de 700 gramos: la mejor marca mundial de la categoría. Ese mismo año ganó el oro en los Juegos Olímpicos de la Juventud de Singapur con 81.78.
Antes había sido bronce en el Mundial U18 de 2009 y después fue subcampeón mundial U20 en Barcelona 2012. En 2011 subió al podio de los Juegos Panamericanos de Guadalajara con 79.53.
Su techo llegó el 24 de agosto de 2015 en Beijing: 83.32 metros en la clasificación del Campeonato Mundial. Con ese lanzamiento se metió en la final —terminó 10°—, se aseguró la plaza para Río 2016 y firmó el récord argentino. En ese momento era la segunda mejor marca sudamericana de la historia, detrás de los 84.70 del paraguayo Edgar Baumann.
Compitió en dos Juegos Olímpicos: 30° en Londres 2012 con 76.87 y 10° en Río 2016 con 79.81, la mejor figuración olímpica que consiguió un medallista sudamericano de la prueba.
Un récord que no se movió
Once años después, los 83.32 de Toledo siguen siendo el récord argentino.
Del lado femenino la quietud es mayor: el récord nacional es de 56.18 metros y lo tiene Romina Maggi desde el 14 de abril de 2004, en Rosario. Veintidós años.
La distancia entre el récord y el presente
En marzo de 2025, en el 105° Campeonato Argentino de Concepción del Uruguay, Gustavo Agustín Osorio ganó el título nacional con 62.19 metros —ya había sido campeón en 2019, 2020 y 2024—. Lo siguieron Bruno Alejo Barce con 60.92 e Ignacio Fontana con 58.17.
Es decir: el campeón argentino de la prueba está veintiún metros por debajo del récord nacional. Esa cifra, más que cualquier otra, describe el estado de la jabalina masculina de mayores.
En damas el panorama es distinto, porque hay una atleta empujando. La cordobesa Julieta Salguero ganó aquel nacional con 49.97 y un mes más tarde, en el Campeonato Sudamericano de Mar del Plata, cruzó por primera vez los 50 metros con 51.92, marca que la ubicó entre las cuatro mejores argentinas de la historia. En abril de 2026 volvió a pasar la barrera con 50.78 en la Copa Nacional de Clubes.
Salguero había asomado como juvenil a fines de la década pasada, estuvo varios años alejada del atletismo y volvió. Su caso importa por lo que dice del sistema: el problema argentino no parece ser detectar talento, sino sostenerlo.
Mientras tanto, la región se fue para arriba
El contexto sudamericano vuelve el contraste más nítido. Durante veinticinco años el récord de la región fue intocable: los 84.70 que Baumann había fijado en 1999. Y entonces, en poco más de un año, se rompió tres veces.
El brasileño Pedro Henrique Nunes Rodrigues lo llevó a 85.11 en mayo de 2024, al ganar el Iberoamericano de Cuiabá. Poco después su compatriota Luiz Mauricio Dias da Silva lo dejó en 85.57 y volvió a mejorarlo con 85.91 en la clasificación de los Juegos Olímpicos de París, donde entró a la final y terminó 11°. En 2025, el paraguayo Lars Anthony Flaming ganó el Panamericano U23 de Asunción con 81.56.
Brasil y Paraguay empujaron la prueba hacia arriba en la misma década en la que la Argentina se quedó quieta. No es un detalle menor: la Argentina es el segundo país del medallero histórico del lanzamiento de jabalina en los Campeonatos Sudamericanos, con 13 títulos, apenas detrás de Brasil. Buena parte de esa herencia la construyó Ricardo Heber, que ganó seis Sudamericanos entre 1947 y 1961, fue campeón panamericano en 1951, finalista olímpico en 1952 y siguió compitiendo en Sudamericanos hasta los 44 años.
Lo que está pasando abajo
Acá está la parte que casi no se cuenta, y que responde la pregunta del título mejor que cualquier lamento.
Maira Milagros Rosas
La bonaerense viene sosteniendo una progresión de tres temporadas. En diciembre de 2024 fue subcampeona sudamericana U18 en San Luis con 49.03. En 2025 terminó segunda en el Campeonato Argentino de mayores siendo juvenil, con 46.27, y fue cuarta en el Panamericano U23 de Asunción con 47.56.
2026 fue su año. Ganó el Campeonato Nacional U20 con 46.70 —su tercer título consecutivo en la categoría— y en junio, en el Iberoamericano U20 de Lima, se colgó la medalla de plata con 49.93 metros: marca personal y octava argentina de la historia. Días después volvió a ser subcampeona en el Panamericano U20, y en julio ganó el Campeonato Nacional U23 de Tigre con 48.09.
Con esos 49.93 se clasificó al Campeonato Mundial U20, que se disputa del 5 al 9 de agosto en el Hayward Field de Eugene, Oregón. Es uno de los cinco atletas argentinos que estarán ahí.
Adrián Alexis Viso
El entrerriano tuvo una progresión igual de marcada dentro de la misma temporada. Ganó el Nacional U20 en mayo con 58.96, dos semanas después llegó a 61.57 en la Copa Nacional de Saltos y Lanzamientos de Concepción del Uruguay y en junio, en el Iberoamericano U20 de Lima, saltó hasta los 65.70 metros y se quedó con la plata, detrás del venezolano Orlando Fernández (69.85). En el Panamericano U20 sumó el bronce. En julio fue segundo en el Nacional U23 de Tigre con 60.10, detrás de Ezequiel Barra (60.64).
Casi siete metros de mejora en dos meses, en un chico de categoría U20, es exactamente el tipo de curva que conviene mirar de cerca.
Y más abajo todavía
La base existe. En la Copa Nacional de Saltos y Lanzamientos de 2026 hubo jabalina en todas las divisionales, de mayores a U14, donde Eugenia Abad Sosa ganó con 23.50. En mayores damas se impuso Milagros Vera con 38.93. Son marcas modestas, pero son la parte del sistema que no se ve y sin la cual no hay nada arriba.
El paralelismo, con una advertencia
Toledo fue subcampeón mundial U20 en Barcelona 2012. Rosas competirá en el Mundial U20 de Eugene en agosto de 2026. Es el mismo escalón, y la tentación de trazar la línea es grande.
Conviene resistirla un poco. El propio recorrido de Toledo muestra lo que hay entre una cosa y la otra: del podio mundial juvenil de 2012 al récord argentino de 2015 pasaron tres años, un cambio de entrenador —el finlandés Kari Ihalainen— y una mudanza a Kuortane, en Finlandia, para entrenar donde la prueba tiene una tradición que acá no existe.
Un podio juvenil no garantiza nada. Lo que sí indica es dónde hay que poner los recursos si se quiere que la historia siga.
Qué haría falta
Tres cosas aparecen una y otra vez cuando se mira la prueba de cerca.
Sectores habilitados. La jabalina necesita instalaciones que muchas pistas no tienen, y eso condiciona todo: dónde se entrena, dónde se compite y cuántos torneos incluyen la prueba en el programa.
Continuidad. El caso de Salguero —talento juvenil, años afuera, regreso a los treinta— y el de tantos que no volvieron señalan el punto más débil del sistema. Detectar no es el problema.
Sostener la transición. Rosas y Viso están en el tramo exacto en el que se decide una carrera: el pasaje de las categorías formativas a mayores, con la competencia internacional recién asomando y sin la estructura garantizada.
La jabalina argentina después de Braian Toledo tiene dos respuestas simultáneas. En mayores, un récord de once años que nadie se acerca a discutir y un campeón nacional veintiún metros por debajo. En formativas, dos atletas que en 2026 subieron al podio en dos competencias internacionales y una de ellas se ganó un lugar en un Mundial.
Cuál de las dos define la próxima década no lo decide el talento. Lo deciden los años que vienen.

